No es verdad que "Los pibes del puente" nos abre los ojos ante una realidad desconocida o de difícil acceso, como han promocionado algunos artículos que anticipaban su debut en la Televisión Pública. ¿Nos van a explicar a nosotros lo que es la miseria, la exclusión, el horror de las drogas, los crímenes a plena luz del día? El que no lo vive, lo ha visto -por lo menos- en la calle o en los medios. Sí es verdad, en cambio, que dentro de las ofertas actuales de la programación esta ha de ser una de las poquísimas tiras -si no la única- que aborda el pulso de la sociedad desde una mirada cruda, sin atenuantes. Es mucho más real que cualquier reality (desde Gran Hermano hasta los que explotan las famosas historias de vida) y que varias ficciones, sobre todo las de canales de aire.
Sin embargo, tal vez en ese afán por ofrecerse como un espejo de la marginalidad y de la rutina de los chicos "en situación de calle" (eufemismo ridículo, si los hay), el guión cae en algunos estereotipos y lugares comunes que se evidencian en los diálogos de la pandilla (la jerga barrial parece forzada) y en la construcción de los personajes: el líder de grupo resentido y malviviente, su compañero más centrado y romántico, la chica rica y conflictuada del que este se enamorará, y el padre malo y misterioso de ella, entre otros protagonistas.
El primer capítulo -la serie se emite los miércoles, a las 22.30- se mandó con todo: mostró ámbitos ruines, venta y consumo de paco, el crimen de un niño inocente, sexo casual y hasta un intento de suicidio en una bañera. Aún con este cóctel, el resultado no fue atrapante. De todos modos fue sólo el debut: quedan otros siete capítulos en los que tal vez se explique por qué, antes de conocerla, algunos la aclamaron como la heredera de "Okupas". Hasta ahora, ni parecida.